Cinco pescadores nicaragüenses que permanecieron 23 días a la deriva en el océano Pacífico regresaron este sábado a Masachapa, en el municipio de San Rafael del Sur, Managua, después de que una embarcación pesquera los localizara frente a las costas de Guatemala. Entre los sobrevivientes está Pedro José Narváez, de 49 años y conocido por sus compañeros como "Pedrito", quien narró cómo lograron mantenerse con vida con carne de tortuga, pescado y raciones mínimas de agua mientras aguardaban auxilio.
- Regreso a casa: los cinco tripulantes llegaron a Masachapa y fueron recibidos por familiares, vecinos y miembros de iglesias de la comunidad.
- Pérdida de la lancha: la embarcación "Elying Alexander" sufrió una falla de motor, quedó a merced de la marejada y permaneció dos días y dos noches prácticamente hundida.
- Rescate: el 5 de octubre un barco pesquero los halló a unas 160 millas náuticas de Puerto Quetzal, en Escuintla, Guatemala, tras ver las señales que hacían desde la lancha.
Dos noches hundidos y la lucha por sacar el agua
Según el relato de Narváez, el grupo había zarpado de Masachapa con rumbo a la pesca de pez dorado. Con él viajaban Félix Antonio Bermúdez, Cristian Ezequiel Cruz Mojica, Daniel Jarquín Sandoval y Darwin Cruz. La embarcación perdió capacidad de maniobra y fue arrastrada hacia el norte por el viento y las corrientes.
"Nos pasamos de la marejada y nos hundió, estuvimos dos noches y dos días hundidos completamente", contó el pescador. "Solo nos quedó el termo. Cuando miramos que la lancha flotaba un poquito, yo le pedí al Señor una señal".
Con un termo y un balde, Narváez y otro de los tripulantes achicaron el agua que se acumulaba en la nave. Durante los primeros días, los hombres creyeron que seguían cerca de la costa, aunque la pérdida del navegador durante la emergencia les impidió calcular cuánta distancia recorrían mar adentro.
"Mirábamos supuestamente lomas y eran las nubes. Decíamos: 'Allá está una loma', 'allá hay una luz'. Ya al final decíamos que mirábamos un garrobo", rememoró entre risas.
El pescador señaló que esos momentos de humor contribuyeron a sostener el ánimo del grupo, aunque también atravesaron episodios de angustia. Relató que uno de sus compañeros sufrió una crisis de desesperación y que él intentó calmarlo apelando a la fe.
"Hermano, tengamos fe en Dios, que es el único que necesitamos", le dijo. La respuesta del otro pescador, una vez recuperada la calma, fue: "Este es nuestro hogar, esta es nuestra nueva familia".
Carne cruda de tortuga y un tapón para mojar los labios
La escasez de alimentos y agua definió los días a la deriva. Narváez aseguró que se alimentaron con peces que capturaron mediante anzuelos improvisados y con carne de tortuga, que consumían cruda porque no tenían manera de encender fuego.
"Nos comimos más de 30 tortugas, yo digo, porque después perdí la cuenta", afirmó.
El agua fue un recurso todavía más escaso. De acuerdo con su testimonio, disponían de un solo balde pequeño y empleaban la tapa de un envase para humedecerse los labios. La sangre y la carne de los animales, sostuvo, les ayudaron a resistir la sed.
Los tripulantes intentaron llamar la atención de varias embarcaciones que pasaron cerca, pero Narváez afirmó que ninguna respondió, por lo que optaron por dejar de hacer señales.
"Mirar un barco ya no nos alegraba. Mejor nos quedamos quietos, porque hacer señas nos daba más sed", dijo.
El rescate a 160 millas de Puerto Quetzal
El 5 de octubre, un barco pesquero localizó a los nicaragüenses a unas 160 millas náuticas de Puerto Quetzal, en Escuintla, Guatemala. El aviso se produjo cuando un marinero advirtió las señales que los pescadores hacían desde la lancha.
"Ese era el milagro de Dios, ese era nuestro transporte", expresó Narváez.
La tripulación del barco les brindó café, galletas y comida. El pescador contó que, poco antes de que llegara la ayuda, había manifestado que sentía olor a arroz con frijoles, y que poco después recibió ese plato a bordo de la embarcación que los rescató.
Los cinco hombres recibieron atención médica en Guatemala antes de volver a Nicaragua. Ya en Masachapa fueron recibidos por sus familiares, vecinos y miembros de iglesias de la localidad.
Narváez dijo que planea descansar unas dos semanas antes de decidir cuándo regresará al mar, y comentó que su esposa le pidió que abandone la pesca. El caso reabre la discusión sobre las condiciones de seguridad de la flota artesanal nicaragüense, que faena sin navegadores ni equipos de comunicación confiables en aguas abiertas del Pacífico, donde una falla mecánica puede convertirse en una tragedia y donde el desenlace depende, en buena medida, de la casualidad de cruzarse con otra embarcación.